De condiciones necesarias y de esquizofrenias…

El pájaro no canta porque es feliz, es feliz porque canta.”

(Proverbio cuya nacionalidad desconozco)

Supongo que al pájaro no le basta con cantar para ser feliz, también tendrá que volar, tener un nido, otros pajarillos con los que hacer bandada, migrar cuando hace mucho frío, volver a casa cuando temple, un gusanillo y algún grano cada día…. y aún con todo eso es posible que el pajarillo tenga un día de esos  grises. Pero lo que sí está claro es que si cantar no es condición suficiente para que sea feliz sí es condición necesaria. Porque está en su naturaleza. Como volar.

Si cambiamos de especie y pensamos en… por poner un ejemplo al azar… el ser humano,  la cosa se complica -parece que cuando cualquier cosa empieza a girar en torno nuestro siempre es más complicada, y es que al no tener la posibilidad de mirarnos desde fuera, o desde lejos, se pierde perspectiva-. Algunos seres humanos, pocos, tienen una naturaleza que no admite lugar a error. Casi desde que tienen uso de razón saben los que son, saben lo que quieren, y sólo les falta un poco de determinación para alcanzar por lo menos esa condición necesaria, que no es otra que la de ser coherente con la naturaleza de uno.  Yo en casa tengo un ejemplo claro. Mi hijo Miguel, desde que tiene uso de razón, se ha inclinado por los deportes. Tiene una psicomotricidad muy desarrollada para su edad, tiene facilidad para aprender y practicar cualquier ejercicio físico, y lo mas importante: disfruta con ello, en especial con el fútbol.  Cuando Miguel sale al terreno de juego despierta admiración. Pero no la que surge ante un suceso maravilloso, sino la que provoca la observación del cumplimiento de un orden natural, no sé si me explico, como cuando miras un pez que nada, y piensas, ¡oh, qué bien nada!, y no es que sea nada del otro mundo, los peces nadan, es natural que naden, todos son gráciles en ello, han nacido para eso, pero no obstante, el contemplarles nadar despierta admiración. A eso me refiero.

Sin embargo no siempre está tan claro. De hecho, casi nunca. Al menos yo siempre he tenido muchísimas dudas. ¿Cuál es mi naturaleza? ¿Para qué estoy hecha? ¿Dónde está mi sitio? Y todas estas preguntas al final desembocan en una última, en la gran pregunta ¿quién coño soy? Debería ser más sencillo poder contestarlas. Debería. Pero casi nunca lo es.

Pensaba en lo que hablaban Carmen y Ana acerca de la identidad de un grupo, y la identidad individual. Es muy complejo. Es muy complejo desde el momento en que en cierto modo estamos determinados por el lugar y el momento en que nacemos. Quizás si nos reprodujéramos por esporas, quizás si fuéramos seres absolutamente independientes, sería más sencillo el encontrar respuestas. Pero no somos sólo seres individuales, tenemos una dimensión social. Y nuestro lugar en la sociedad, en nuestro entorno de trabajo, en nuestro grupo de amistades y en nuestro núcleo familiar pesa en lo que somos -¿somos lo que hacemos?-, tanto o más que nuestra propia naturaleza. Ya que esos entornos sociales, desde el más genérico (por ejemplo usos y costumbres de la sociedad occidental del siglo XXI) hasta el más particular (la familia), implícitamente -o explícita en demasiadas ocasiones- esperan de nosotros una determinada forma de actuar, que determina nuestra forma de ser. Somos ese aspecto social. Pero nuestra propia naturaleza implícitamente -demasiado implícita casi siempre- también nos pide que actuemos de una determinada forma, o que seamos de determinada forma, de acuerdo con ella. Supongo que a estas alturas ya está claro por dónde voy: el problema que existe cuando hay una incompatibilidad entre nuestro ser social -lo que se espera de nosotros, la necesidad de sentirse aceptado- y nuestra propia naturaleza. Y eso nos genera contradicciones, desorientación, y sufrimiento.

Vamos a volver al pájaro, que por naturaleza canta. Imaginemos un pájaro que trabaja de 9 a 19, gana un buen sueldo, paga religiosamente sus impuestos y  la hipoteca de su jaula, lleva a sus pajarillos al parque, come con sus padres los sábados y con sus suegros los domingos,  colabora con su amada pájara en las labores domésticas… Es un ciudapájaro ejemplar. Pero nuestro querido pajarito siente un cierto vacío,  una permanente falta de energía, el ánimo decaído. Y se pregunta desconcertado el por qué. No entiende qué es lo que falla, qué es lo que está haciendo mal. Pero pajarillo, ¿tú cantas? Casi nunca. En el trabajo, no puedo, normal por otra parte, porque si cada pájaro se pusiera a cantar se montaría un cirio monumental, y hay que dar imagen de empresa. En casa tampoco, porque es que las crías andan todo el día con Clan tv, y les molesto, por la noche tampoco, porque hay que acostarse pronto, es que no veas qué madrugones, y los fines de semana, entre limpiar y los compromisos con amigos y familiares…. no queda tiempo. De lo de volar hablaremos otro día, porque con las jaulas, mucho más confortables que los nidos, para estos pájaros usar las alas se ha convertido en algo anacrónico e inútil.

Pero claro, si el haber renunciado a cantar y a volar en aras de cumplir con su rol dentro de su sociedad le ha convertido en un ciudapájaro ejemplar, ¿en qué se convertiría si para cantar y volar modificara ciertos aspectos de su vida actual?

Parece que el pajarillo tiene un conflicto. Él no ha elegido la forma de vida de la sociedad en que ha nacido, ni tampoco ha elegido nacer pájaro.   El pájaro es las dos cosas, y no ha elegido ninguna de ellas.  Lo que sí está en su mano es la forma en que equilibrará sus dimensiones contradictorias, claro que exigirá renuncias. Pero al menos el pájaro sabe que es pájaro, y que en su naturaleza está cantar y volar. Conoce sus condiciones necesarias.   Qué fácil se ve todo con pajaritos, verdad?   Qué difícil se ve todo cuando se trata de nosotros, verdad?

Y es que si no podemos prescindir de nuestro yo social, tampoco podemos vivir de espaldas a nuestra propia naturaleza. Si encima nuestra naturaleza es heterogénea y sumamente implícita, vamos, que no sabemos ni qué demonios somos, ni cuáles son nuestras condiciones necesarias, si somos pájaros que cantan -y son felices porque cantan-, o que vuelan -que son felices porque vuelan-, o si somos peces que nadan -que son felices porque nadan-, si somos animales domésticos o salvajes -¿de verdad he de seguir?… – o cuántas cosas al mismo tiempo somos, tenemos como resultado a un ser humano perdido y desorientado. Y en mi caso particular, a un ser humano desconcertado, que no comprende cómo hemos ido construyendo una identidad social tan opuesta a la identidad que nos ha sido dada por naturaleza, y que en tantos casos nos hace sentir contradictorios y en permanente esquizofrenia.

No debe compararse con los demás; y si la naturaleza le ha creado como murciélago, no pretenda ser un avestruz. A veces se considera raro, se acusa de andar por otros caminos que la mayoría...”

(Demian. Herman Hesse.)

Hacerse acerico

No recuerdo cuándo fue la última vez que limpié el cajón de los calcetines entero. Normalmente me limito a los calcetines. Pero hoy he levantado el papel del fondo y te he encontrado.  Hoy. Y aprovechando que nos vemos te confesaré que aunque te guardé allí, lo que en su día me pidió el cuerpo fue haberte empleado como forro para mi  acerico. Ya con las vísceras templadas miro tu rostro, todo quieto y callado, y voy a aprovechar para hablarte honestamente. Con las vísceras templadas y puesta a elegir, ya que estás tan quieto y callado, te puedo contar que te miro y te pienso como me habría gustado que fueras, -sin opción de réplica te facilito el no estropearlo con lo que eres- . Pero claro, ahora que te he reconstruido entero, y te he creado a imagen y semejanza mía, empiezo a  sentir alfileres hundiéndose despacio en mi cuerpo que sí responde, y en respuesta sale hiel reclamándote de nuevo para el acerico, en legítima venganza por no ser más que una puta foto ahora que eres perfecto. Así que ya ves, mira que lo intento.  Lo intenté cuando dormíamos en la misma cama, cuando tenías tres dimensiones  y un corazón que servía para latir, y lo intento ahora que eres un recuerdo en el cajón de calcetines.  Pero ni de una forma ni de otra evitamos desencontrarnos. Aunque sería más preciso decir que jugamos al desencuentro. Y eso que no tienes derecho de réplica.  Tenemos para eso un don, el de deshacer incluso lo que nunca hicimos. Y ahí ya me acerco a la verdad que hemos estado evitando,  la responsable de que ambos seamos acericos. Esto no es un reencuentro, ni un desencuentro. Querríamos que pudiera serlo, pero da igual lo cerca que vivamos, durmamos o respiremos, tú y yo no tenemos opción al reencuentro, ni tan siquiera al desencuentro. Porque en contra de lo que hubiéramos querido, y de lo mucho que nos esforzamos en forzarlo… nosotros nunca llegamos a encontrarnos.

http://antesdequesevaya.wordpress.com/

¿Casualidad o destino?

Roberto tiene 10 años y un amigo, Pedro. Un día, en el patio, Pedro le contó que a su padre lo destinaban a trabajar a Italia, y que en unos días se iría a ese país, a un cole nuevo, y tendría que aprender italiano, y que por un lado tenía ganas porque sonaba a aventura, y por otro estaba triste, porque apenas se verían. Roberto solo estaba triste, porque para él no había aventura, para él quedaba exclusivamente la pérdida del amigo. Pedro entonces le extendió un papel con su dirección en Italia, así podrían escribirse y contarse lo que les ocurriera. Roberto empezó esa misma tarde, y preparó su primer sobre con la dirección. Se quedó con el principio (el nombre y los apellidos de su amigo) y con el final (Véneto, Italia).

A partir de ese día ocurrió algo. El Véneto estaba por todas partes. El restaurante frente al cole se llamaba Vía Véneto, iba en el asiento de atrás del coche, mirando matrículas como siempre, y aparecía en un camión una dirección que terminaba como la de su amigo “Véneto, Italia”, hasta haciendo zapping encontró un documental en el que hablaban también de esa región que hasta entonces no había oído en su vida. Y fue a contárselo a su madre. ¡Mamá, qué casualidad, ¿no crees?  nunca había visto la palabra Véneto en ningún lado, no sabía ni lo que era, y de pronto ahora aparece por todas partes!

Vale, toda la historieta de Roberto me la he inventado para no usar ejemplos de mi vida personal, aunque no será porque no tenga:  tengo muchos. Y quién no tiene. Quién no ha tenido nunca esa sensación. Hay acontecimientos o sucesos que escapan a nuestro control,  que son completamente ajenos a nosotros, que no responden a ningún por qué, y que dependen de la suerte, de la casualidad, del azar… llámalo equis. Pero también creo que muchas de las cosas y de las personas que nos cambian la vida no ocurren por casualidad, especialmente cuando es para bien, aunque nos sorprendamos ante ellas con la misma ingenuidad que el inventado Roberto ante su descubrimiento del Véneto. El Véneto estuvo siempre. Siempre hubo caminones con esa procedencia pululando por la carretera,  siempre estuvo el restaurante con ese nombre, siempre salió periódicamente con variopintos motivos en medios. Pero sólo empezó a existir para Roberto cuando tuvo un significado para él, cuando tuvo algo que ver con él.

Ahí fuera en nuestro día a día, nos cruzamos con miles de personas a diario, con miles de carteles, con una cantidad de información y de estímulos que nos sobrepasa. De modo que ignoramos la gran mayoría de ellos. La casualidad puede hacer que un día pases junto a una persona y tropieces con ella… ¡como con cuántas otras! Pero el hecho de que precisamente una persona con la que hayas tropezado te cambie la vida, y la hagas pasar a formar parte de la misma no es por casualidad. Como tampoco el que la alejes o la rechaces. ¿Por qué precisamente esa persona  entre las miles con las que surgen posibilidades de contacto a diario? Lo importante no es el encuentro con ella. Probablemente ya estuviera por ahí pululando. Si a alguien le otorgamos existencia frente a todo lo demas hay un por qué, y es que de alguna forma, por algo que se podrá o no explicar con palabras, tiene conexión con uno, con el yo íntimo, el de Verdad.  Porque antes de un encuentro, si es de esos que cambian la vida, para bien, ya hay algo tanto en uno  como en otro que predisponía a precisamente a ese encuentro y no a otro (ya existe el Véneto para ambos, aunque no lo sepan). Porque sin ese interés, aunque sea inconsciente, sin esa predisposición, y sin  esa conexión, esas personas se habrían difuminado la una para la otra entre el resto, como se difuminan todas las demás. Y si no lo han hecho, lo harán.

De modo que yo creo que somos nosotros mismos los que vamos dotando de existencia y de importancia en nuestra vida  aquello que en esencia  tiene que ver con nosotros - con nuestros intereses, con nuestras emociones, con nuestro pasado, con lo que íntimamente buscamos, queremos y somos - , aquello  con lo que íntimamente nos reconocemos o identificamos, solo que muchas veces ocurre de forma inconsciente. ¿No podría decirse que el destino no es sino los pasos que nuestro propio yo, esa naturaleza nuestra sobre la que no elegimos, ante la que sólo queda aceptarse,  nos marca?

Entonces, ¿casualidad o destino?

Yo diría que el destino – el destino entendido como el Yo – está ahí para que, ocurra lo que ocurra por casualidad, por azar, por suerte o por desgracia,  nos llame la atención sobre aquello que haya de cambiar nuestra vida y que tiene que ver con nosotros.  Pero la decisión de guiarnos o no por él seguirá siendo nuestra, pues siempre conservamos la libertad para escucharnos a nosotros mismos, o para hacernos los sordos y vivir de espaldas a esa intuición.

Kevin Miller self portrait

No es tan difícil entender a Kevin Miller. Opinan que mi codicia no tiene límites. Ingenuos… Sin duda el dinero abre muchas puertas, no negaré que me gusta, que disfruto el lujo. Pero no eso. No lo saben. Son simples, y por eso yo hago y deshago a mi antojo en esta ciudad. No me conocen, y quedarán en su ignorancia. No desveles tus pasiones, y no desveles tus miedos, decía mi padre. ¿Y qué te mueve entonces, Miller? ¿Qué más quieres? ¿Hasta dónde vas a llegar?

El poder. Es el poder lo que mueve el mundo. Así es como un alpinista, según alcanza una cima, ya sueña con poder alcanzar una más alta, o un matemático, que según logra someter una realidad a un modelo, ya piensa en poder explicar otra…Poder… siempre es poder… en forma de juego, de reto. Poder actuar, poder tocar, poder cumplir un sueño para después poder cumplir otro más ambicioso…Y lo que divierte de todo ello, del reto, es ganar. Ganar es una droga. Y efímera. Porque según ganas un reto ya piensas en otro, y en el siguiente. Cada vez más difícil, hasta llegar al límite. ¿Y cuál es tu límite Miller? No lo sé, todavía. Aún busco. Aún busco.

Y mientras unas personas se divierten sometiendo montañas, instrumentos musicales, estructuras, incertidumbres, o su propio cuerpo, yo elijo a las personas. Es irónico, pero esa preferencia mía podría convertirme en humanista.

Yo hago que todo el mundo se doblegue ante mí. Se podría considerar un experimento sociológico. Qué hace falta para que los músicos me den un alto porcentaje de sus ingresos, para que una mujer me folle aún causándole repugnancia, para que la policía incumpla las leyes que protege no inmiscuyéndose en mis negocios, para que mis empleados me respeten, para que no se me cuestione, para que todos callen cuando yo hablo, para que se haga lo que yo digo. Eso sí es un reto. Y cuando doblego a alguien sólo pienso en el siguiente. El dinero… el dinero es accesorio, el dinero por sí solo es vulgar.

¿Y qué hace falta? ¿Qué es lo que hace que yo consiga alterar las voluntades y ponerlas a mi servicio? La respuesta a mi pequeño experimento sociológico es sencilla y muy antigua. Se llama miedo. Se ha usado siempre. Lo usaron los dioses que se llenaron de adeptos tras aterrorizar al mundo inventando un infierno, y yo he hecho como ellos. Mas a mi pesar soy humano, nadie creería mi infierno salvo mostrándoselo. De modo que yo les he dado su infierno. He creado uno a imagen y semejanza de cada víctima, de cada miedo. Jamás desveles tus pasiones, y jamás desveles tus miedos… Porque en esta ciudad, detrás de ellos, estoy yo.

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Cuando hace un par de años escribí esta B-Side para La Taberna, no imaginaba lo fácil que podía llegar a ser encontrarse en la vida real con gángsters que jamás deberían salir de una novela negra. 


Cuerpo a cuerpo

Érase una vez un joven investigador en ciencias sociales, matemático de carrera y con síntomas de Mac adicción y tecnopatía, que el día en que se está jugando conseguir un puesto de trabajo y debe impresionar a los miembros de la comunidad científica que decide su ingreso, toma una decisión insólita. Voluntariamente y sin sufrir en apariencia ningún tipo de enajenación mental transitoria, renuncia a proyector, renuncia a apoyos audiovisuales, renuncia a portátil,  a diapositivas con entrañables animaciones horteras sólo posibles gracias a power point y software sucedáneo, y comienza su intervención armado sólo con un pizarrón -como lo llamó él- a modo de escudo, y un rotulador borrable como espada. Que es algo así como decir que se presentó allí armado únicamente consigo mismo, en un alarde de honestidad y valor tan en desuso que resultaba obsceno y provocador. Obsceno porque es una clase de desnudez, y provocador por creerse capaz, él sólo, y por sí mismo, de convencer -de entre los buenos- a los mejores.

A lo largo de los últimos meses he sido testigo de varias exposiciones de trabajos ante los investigadores que iban a juzgar el del joven del cuerpo a cuerpo, y si digo que son duros me quedo corta. Sin paños calientes he visto despedazar argumentos, modelos matemáticos, presentaciones, formas de explicar… hasta arrancarle al títere la cabeza.

Sin embargo ayer, ante un tipo que comenzó a explicar su modelo realizando un símil con personajes del cómic y anécdotas de la vida en pareja de determinados emperadores de la antigua Roma, con todas sus fórmulas en la cabeza, y después en el pizarrón, con una seguridad y un sentido del humor envidiables, ocurrió un milagro: el tribunal se rindió. Hasta se acercaron a felicitarlo aún sorprendidos. Él contestó que tratándose de temas tan puramente teóricos, consideraba imprescindible amenizarlo con el factor humano. Y sí, fue su factor humano, su conocimiento, su investigación, su trabajo, su forma de transmitirlo, su seguridad, su valor para el cuerpo a cuerpo. Sin duda esa fue la clave.

Claro, el factor humano.  Ese que cada vez está más relegado y en el cada día depositamos menos confianza. El factor humano. Pensamos que somos grandes por toda esa tecnología que hemos sido capaces de desarrollar y que ha transformado nuestro día a día. Pero estamos cometiendo la miopía de olvidar lo importante. De pronto se nos abre el suelo bajo los pies si a la hora de viajar a un lugar nuevo no disponemos de navegador, si al hacer una presentación no tenemos el apoyo de medios,  si para comunicarnos no hay conexión y estamos lejos del correo electrónico o de las redes sociales. Y sin querer, nos vamos quitando importancia, o valor. Es que sin la tecnología no somos nada…. Aquello que nos ayuda no puede sustituirnos o servir para anularnos, ¿qué clase de ayuda sería esa?

Lo que nos hace grandes rara vez viene de fuera. Uno no se hace más grande poniendo más tecnología -en este caso-   a su servicio. Uno es más grande cuanto más da de sí su propio factor.  El del cuerpo a cuerpo. El que puede llegar a resultar obsceno y provocador. El humano.

La Historia de las Cosas

Quería colgar un vídeo de 20 minutos que merece la pena ver. Pero como mi wordpress últimamente está entontecido (¿soy la única a la que le cuesta al abrir una entrada que se pueda escribir en visual en lugar de el HTML, o bien cuando pincho en “subir objeto” se tuesta y no sube nada?) dejo el enlace, que es mucho más cutre, pero de veras merece la pena. Atención a las reflexiones acerca de la flecha dorada….

http://www.youtube.com/watch?v=vE-0bnR7VFc&feature=player_embedded

Nochebuena

En boca de otro (III)

El hombre

debiera poder ser lo que desea,

debiera poder ser en la medida

de su ilusión y su deseo,

Entonces yo sería tú, que eres tú mismo,

que eres lo deseado del total deseo.

(El nuevo mar. Juan Ramón Jiménez)

Navidad en las multinacionales

Zara llega a aun acuerdo con el gobierno de Brasil por una acusación de practicar trabajo esclavo. 20/12/2011.

Una investigación descubre que Victoria’s Secret que publicita el algodón con el que trabaja como ecológico y de comercio justo, compra este producto a proveedores que emplean mano de obra infantil. 16/12/2011

Apple reconoce que empleó mano de obra infantil en su fabricación de I-Pod. 1/03/2010

Las mujeres de las fábricas de Ikea en Asia trabajan entre 80 y 90 horas/semana y no reciben un salario que permita vivir con dignidad

Ikea, un modelo desmontable. (Libro publicado en 2007, con el resultado de las investigaciones acerca de las condiciones de vida de los empleados de sus proveedores)

El libro negro de las firmas de marca (2001). Tres investigadores denuncian las condiciones a las que se somete a los trabajadores de quienes proveen a empresas como Nike, Adidas, Nestlé, Chicco, Samsung, Siemens, McDonalds...

Más de 400 millones de niños son esclavos en el mundo.

las causas de la esclavitud infantil están en “un sistema económico internacional radicalmente injusto, organizado a la medida de las grandes compañías multinacionales, y un sistema financiero mundial que busca el máximo beneficio y no repara en usar a los niños como mano de obra esclava

Apenas hay multinacional que no esté envuelta en algún tipo de escándalo en cuanto a las condiciones de esclavitud de quienes trabajan para ellos en el tercer muundo. Las multinacionales se escudan siempre en cumplir la legislación vigente en los países donde venden -faltaría más- y diluyen su responsabilidad acerca de las condiciones que las empresas proveedoras imponen a sus empleados, asegurando estar totalmente en contra de abusos laborales y contra la infancia. O bien acuden a países donde no hay legislación en materia labora, o incluso a aquellos donde se permite el trabajo infantil. En otros casos, especialmente con el café y el cacao en Latinoamérica y África, evitan comprar a un único proveedor, y hacen que el rastro de origen resulte difícil de perseguir.

La responsabilidad que no pueden dejar de eludir es que imponiendo según qué precios y según qué plazos, resulta materialmente imposible que  los productos sean elaborados con salarios dignos y en condiciones laborales humanas.

Claro, uno mira a su alrededor y parece imposible escapar de ellas. Las zapatillas que acabo de comprar a mis hijos, el cola cao de por las mañanas, la estantería del salón, la ropa que llevo puesta, la bebida de burbujas, el aparatito con que escucho música, mi teléfono móvil…  y todo ello a costa de sufrimiento ajeno. A veces es mejor no saber,  pero…  ¿y una vez sabiendo?

Medio mundo es esclavo para poder producir lo que el otro medio consume, y  medio mundo se hace esclavo para poder consumir lo que el otro medio produce. Qué paradoja.

En boca de otro (II)

¡Ay, no poder quemarme vivo en ti,

sin hambre, sed ni sueño,

porque no quiero verte sino serte,

ser en ti yo, vivir yo en ti,

ser, terminado como tí, yo mismo siempre,

y siempre igual, siempre distinto,

repetido y sin guía, siempre!

(Extracto de El nuevo mar.  Juan Ramón Jiménez)