Reflexiones

Relato: El absurdo

3 Julio, 2009 · 2 comentarios

Hacía tiempo que no sucedía, pero esta mañana, trabajando tan contenta como estaba, me han sorprendido de nuevo las lágrimas. Tanto me han sorprendido que no me he dado cuenta de que estaban hasta que una de ellas me ha mojado, al caer, la mano. Rápidamente me he secado con el típico gesto de estar en realidad liberándome de una legaña, o, mejor,  de una pestaña en el ojo, que queda mucho menos ordinario.

He levantado la vista y me he dado cuenta de que, por suerte, Ramiro no me estaba mirando. Ramiro es una de esas personas que siempre tiene algún comentario estándar, en forma de opinión, para cada uno de sus compañeros, y que siempre ofrece en voz alta a pesar de que nadie se lo haya solicitado. Yo creo en mi fuero interno que es una de esas personas con aversión al silencio, y que cree que existe la necesidad de tener que decir siempre algo. Y digo yo, que entonces, por qué no recurrirá a hablar de lo malos que son los lunes, o de que al fin es viernes, o de lo fuerte que está el aire acondicionado… de todas formas lo que dice no es tampoco original a causa de la repetición diaria. Para Alfonso le tiene reservado el “vaya corbata llevas hoy”, para Lucía “qué ojeras tienes”, y para mí el “parece que te vas a quedar dormida”. Siempre, invariablemente, al toparse uno con Ramiro, obtiene ese comentario dedicado. Pero tanto Alfonso, como Lucía, como yo, siempre le contestamos con un ¿Tú crees?, en lugar de con un ¿te he pedido tu opinión?  Porque Alfonso, Lucía y yo sabemos que el pobre Ramiro, es un hombre de pocas luces, y  que con sus cuarenta años es tontorrón e inocente como un crío de doce, y porque no hay nada que haga de mala fé, aunque esto sea así porque no tenga las luces suficientes como para ser poder ser malo.

Pero, a lo que iba, Ramiro no me había visto, de modo que podía respirar tranquila y conservar la apreciación diaria que me hacía desde que me conocía, hace ya diez o quince años. Porque me pregunto si de haberme visto con el rostro bañado en lágrimas, cómo habría podido modificarlo. ¿Hoy te veo triste? Y escuchar eso un día tras otro seguramente no sería bueno para seguir trabajando tan contenta a pesar no estarlo. Y bastante me costaba huir de ese dolor mío como para que un hombre como Ramiro, cuyo intelecto no le llegaba ni para ser cruel, diera al traste lleno de ingenuidad y torpeza, con tantos años de terapia, sin poder siquiera tener el derecho a odiarle por ello.

Habitualmente no suelo salir a desayunar fuera de la oficina, pero como esta mañana tenía que hacer una gestión en el banco, decidí aprovechar el paseo, entrar en una cafetería y pedir café y bollo, la oferta desayuno, pero sin el zumo. Me detuve a pensar en ello. Llevaba varias semanas comiendo muchos dulces, pero esta mañana, al pesarme, había adelgazado otro kilo más. Debería haberme dado cuenta antes, deberían haber sonado las alarmas. Miré mi reflejo en el cristal de la barra. No, no estaba como para que alguien al verme me ofreciera un bocadillo, pero sí eran evidentes los kilos de menos cuando lo normal, lo normal habría sido que, con mi dieta, lo evidente fueran los kilos de más. Eso sería lo justo. Además, es de hecho una estrategia femenina tan frecuente… estoy triste, me atiborro a chocolate, engordo, y así, además, he ganado otro motivo más – junto con el de mi rutina laboral, mis problemas de pareja, el niño que no me come, el sueño que no he cumplido o la soledad que me devora- para sentir lástima de mi misma.

Pero yo no. Yo como bollos y adelgazo. Me pregunto entonces para qué como bollos si no es para mí una forma socialmente aceptada y comprensiva de conducta autodestructiva que facilite  la autoconmiseración. O si es que acaso yo no puedo ser como los demás y no puedo tener motivos para ser desgraciada. Al menos alguno que se pueda contar. Porque si le digo a Lucía que hoy estoy deprimida porque a pesar de comer chocolate he adelgazado y  se me han saltado las lágrimas, me voy a quedar sin amiga. Supongo que para contar esas emociones que nadie puede entender, ni siquiera uno mismo, están los profesionales. Me había jurado no volver, pero igual juré en vano.

Salí de la cafetería y me fui al banco. Hacía años que no entraba en una oficina. Esto era un favor personal, o eso me había dicho mi jefe. Supongo que el hecho de que tu jefe te pida un favor personal es una forma elegante de darte un trabajo de mierda.

Había a la entrada de la sucursal puertas de esas en las que hay que pulsar para entrar, y se abre para darte paso a un cubículo en el que tienes que pasar la prueba del detector de metales. Como la suspendí, tuve que volver a salir, abrir el bolso para ver qué objetos metálicos llevaba, y depositarlos en una taquilla. Se dio la circunstancia de que el único objeto metálico que llevaba encima eran unas llaves, de forma que tuve que dejar allí las mías para entrar al banco con las de la taquilla.

Empecé a pensar que aquel día, con todos sus absurdos, era una especie de metáfora del absurdo que había sido mi vida desde el día en que nací. Y pensé que ese día, el de mi nacimiento, me había marcado para siempre. También pensé que este pensamiento era absurdo –cómo no- dicho en voz alta y para cualquiera. Pero en mí cobraba un matiz especialmente doloroso. Y eso que dicen que el tiempo lo cura todo, pero mira si han pasado años y todavía me sigue doliendo.

Salí de allí y, al doblar la esquina, pasé por delante de un enano que estaba vendiendo cupones. No pude evitar recordar el comentario que decía el autor de la última novela que había leído, en boca de un psicólogo, de que la gran mayoría de las mujeres han soñado alguna vez en su vida con tener una aventura con un enano. Volví a mirar de reojo. Yo no recordaba haber tenido en mi vida una fantasía sexual con un enano. Y me reafirmé al mirarlo. Debo ser un bicho raro o bien llevar equivocada toda mi vida. Quizás mi falta de deseo hacia los enanos esconda algún tipo de trastorno, quizás el haber vivido sin un referente paterno ha generado en mí esta anomalía. Quizás el resto de las mujeres, las normales, sueñan con enanos aunque en voz alta hablen de negros, o deportistas de élite, o ambas cosas a la vez, y que lo escondan así para que las raras como yo no nos sintamos raras. Claro, que eso desvelaría un comportamiento colectivo de solidaridad y bondad femenina en el que no creo. Y me pregunto quizás si mi padre, que tuvo a bien morirse el mismo día en que yo nací, hubiera vivido, yo engordaría comiendo bollos, tendría motivos normales para autocompadecerme, y dejaría de llorar repentinamente de pura pena en días en que estoy tan contenta. Y quizás si fuera un poco más normal, joder, si mi padre hubiera vivido al menos lo suficiente como para que se pudieran haber divorciado, que no pido tanto, no pido el haber podido convivir con él hasta ser mayor de edad, sólo unos años y un divorcio, por ejemplo, yo también sería más normal. Y no tendría que acudir a las fotos para imaginarlo, ni a pensamientos absurdos como ese del divorcio, o culpables incluso, como ese que me asalta de vez en cuando, en el que preferiría que hubiera sido mi madre, para que dentro del dolor y del sentimiento de culpa, la situación hubiera sido algo más normal. Porque hoy en día es raro perder a tu madre en el parto, pero joder, perder a tu padre, que tuvo el poco temple de  perder los nervios cuando le llamaron del hospital y estrellarse… Es absurdo, ya lo creo.

O quizás, la culpa de que yo sufra no sea de mi padre, y me esté dejando influir por las opiniones de los psicoanalistas a los que he estado manteniendo toda mi vida, y que yo me sienta rara, por tanto diferente, por tanto sola,  que mi vida sentimental sea una cadena de fracasos, y que me inunden las lágrimas inesperadamente,  sea algo intrínseco a mi naturaleza, o a fracasos que no he asumido, o a algún tipo de minusvalía emocional no detectada.

De modo que cuando entré de nuevo en la oficina, decidí dar un giro a mi vida, y cuando Lucía me preguntó a qué se debía esa cara de felicidad, decidí ser valiente y contestarle que era porque  había decidido ser feliz y asumir, de una vez por todas, que a mí los enanos, no me ponen.

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Demasiados

29 Junio, 2009 · 2 comentarios

He estado una semana ausente, pero ha sido por un buen motivo: mis vacaciones. Las he dedicado a pasar tiempo con mi familia. Con nosotros han estado también mis padres, con los que también he pasado buenos momentos (y menos agotadores que con mis hijos, todo hay que decirlo ;-) . Claro que, desde que escribo, cada vez que ocurre algo, mi padre me advierte “eso ni se te ocurra escribirlo”. Y yo con esas cosas procuro ser respetuosa.

Pero uno de estos días surgió una conversación en la que salió a relucir una reflexión de mi padre que me gusta mucho. Y como no me ha hecho ninguna censura, he decidido contarla.

Todo comenzó cuando le pregunté a mi padre por sus clases. A lo que mi padre contestó:

Pues el profesor ha comenzado a corregirme unas cuantas cosas, muchas, de modo que le he pedido que parara un momento, y le he preguntado:

-    ¿Tú sabes por qué los Diez Mandamientos no se cumplen?
-    ¿Por qué?
-    Porque diez son demasiados.

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Los Flanders son malos.

16 Junio, 2009 · 10 comentarios

En realidad yo no soy muy ocurrente titulando, como mis lectores asiduos podrán atestiguar. Tampoco soy muy ocurrente poniendo motes, de modo que, ya que a eso no estoy obligada, es algo que no suelo hacer. La verdad es que poner un mote es, en cierto modo, otra  forma de titular.

Pero el caso es que cuando conocí a los nuevos vecinos tuve que rebautizarlos. Y no es que yo esté ganado facultades, sino que me lo pusieron tan a huevo que no puedo decir que el que les cayó fuera mérito mío.

Los vecinos son un maravilloso y cordial matrimonio que colmó su felicidad y armonía con la llegada de una niña, y un niño. La por todos tan ansiada parejita. Les  dieron a éstos una educación exclusiva: hablan tres idiomas,  siempre piden permiso, dan las gracias, y deleitan a las visitas  tocando alguna pieza en el piano.

Un día estaban practicando padre e hijo el noble deporte del tenis, cuando el niño exclamó “papá, me encanta jugar contigo al tenis, sólo siento que por mi culpa tengas que agacharte tantas veces a recoger pelotas”.

Otro día, llegábamos a casa con comida del burguer, cuando nos encontramos al padre que nos saludó afectuosamente. Y, sólo tras hacerlo, nos recomendó encarecidamente que no diéramos a nuestros hijos comida basura pues no era saludable.

(Creo que no debo seguir haciendo aclaraciones acerca del por qué del mote).

Al poco tiempo comprobé que la perfección no existe. Y que los hijos de los Flanders eran muy educaditos y muy correctos, pero a espaldas de sus padres decían palabrotas como los demás, se peleaban entre ellos, e inventaban juegos exclusivos que sólo compartían con algunos niños: los merecedores de pertenecer a su selecto círculo. Así que les encantaba formar clubs con derecho de admisión, y dejar siempre a alguno fuera.  Los niños que tenían la suerte de poder formar parte de su círculo, se beneficiaban de poder jugar con ellos a practicar natación sincronizada en la piscina, preparar coreografías para los padres, y cenas secretas en el jardín.

He decir que, para mí, fue un motivo de orgullo y satisfacción el comprobar que Pablo no encajaba en el perfil que los Flanders requerían para tan lúdicas actividades. Pero habría preferido que fuera él mismo quien se hubiera excluido a que ellos lo hicieran. Mas mi política de no intervención me impidió ir a decirles a esos mocosos tan educados que  alguien había olvidado enseñarles que no estaba bien marginar a nadie. Después de todo, no puedes obligar a un niño a jugar o no con otros.

Pero una cosa es una cosa y un caballo es un caballo. Y fue este razonamiento aplastante el que me hizo pasarme por el forro mi política de no intervención cuando el sábado  presencié la siguiente escena en la piscina:

-Tú, Pablo, salta!

- No le llaméis Pablo, se llama enano.

- Enano, salta!

Y mientras, le tiraban agua, le quitaban la pelota, y se burlaban porque llevaba gorro.

De modo que me levanté hecha una furia y les dije que ya que eran tan mayores y tan valientes, que por qué no se burlaban de mí, o mejor incluso, de su madre. Y que, por si no se lo había enseñado nadie, – mira que es raro,  con tantos idiomas, y tanta cultura musical, y tanto gracias y por favor- lo que hacían se llamaba abusar.

Mientras tanto, Pablo siguió ajeno a las burlas, y continúa usando el ridículo gorro para que no le tiren del pelo las gafas para bucear. Y cuando le pregunté si le había molestado que me metiera donde no me llamaban, se encogió de hombros y me contestó con un  “pero, ¿puedo jugar con la PSP?”, que no supe cómo interpretar.

Eso sí, caramba carambita, a mí nadie me quita ya de la cabecita que los Flanders son MALOS.

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Camiseta escudo

14 Junio, 2009 · 2 comentarios

En la piscina éramos pocos hasta que llegó un vecino de unos quince años con su pandilla. Si yo pensaba que los niños pequeños son gritones era porque no había tenido en cuenta que todo puede ser directamente proporcional a la edad. No es lo mismo que un niño de veinte kilos se tire al agua gritando bomba a que lo hagan una vez y otra y otra, diez adolescentes de setenta. No es lo mismo.

Tras las zambullidas, tras irse tirando unos a otros, con camisetas puestas, quitadas, con rugidos, con risas, risotadas, diez o doce adolescentes y sus kilos de testosterona invadieron la piscina. Y fuera de ella todos los demás. (Lo reconozco, los pocos que estábamos huimos del agua despavoridos). Todos menos uno, un intruso. Un adolescente más de la pandilla que no estaba con los demás. Uno al que les habría sido del todo imposible tirar a la fuerza. Uno al que era imposible no ver. El único que no dejaba ver la marca de sus calzoncillos por debajo del bañador, ni de los pantalones. Pues a pesar de la moda, su camiseta lo cubría todo muy bien.

Los demás le gritaron. Venga tío, si estamos solos, qué más te da, báñate hombre. Pero hombre y tío se negaron. Me lo imaginé en ese momento lamentando todos aquellos momentos en que no hizo caso a la mirada de reproche de su madre al verle llenar una y otra vez su plato. Y me lo imaginé esa misma noche consolándose a escondidas con más comida. Quién cojones le mandaría a él decir que sí.

El chico gordo se mantuvo en sus trece en un gesto tan absurdo como su complejo.  Absurda la ingenuidad de pensar que, oculto tras esa enorme camiseta -que a pesar de todo rellenaba-,y de aquellos pantalones, no se adivinarían sus cincuenta kilos de más. Y yo pensaba ¿de veras crees que una camiseta es un buen escondite? ¡quítatela, chaval! Salta ahí y grita bomba. Que no vas a vaciar la piscina. Estás gordo. Tú lo sabes, y quien puede verte lo sabe. Con camiseta o sin ella. ¿Qué más te da? Si no te da igual, adelgaza. Y si no quieres adelgazar, quítate esa estúpido complejo, y con él la estúpida camiseta, y diviértete haciendo el burro con los demás.

Pero no me oyó. Y se quedó él solo. Mirándolos. Rogando en silencio que sus compañeros dejaran de insistirle en voz alta. Porque él sí sabía que no estaban solos. Y sólo rogaba que nadie hubiera reparado en los gritos de sus compañeros, que explicaban los motivos por los cuales él se había quedado allí solo. Y entonces, a pesar de su camiseta, todo el mundo sabría que está gordo. Y lo peor de todo, que se avergonzaba de ello.

A mí me dio mucha pena. Pero quiero pensar que los complejos, como el exceso de testosterona, como la adolescencia, como la ingenuidad, pueden llegar a ser pasajeros.

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Que no es que lo diga yo

7 Junio, 2009 · 7 comentarios

Pablo no se ha rendido en su empeño de ser gracioso.  Y qué demonios, el pasado miércoles, tras cuatro chistes infructuosos, consiguió hacerme reír por primera vez. Así que he decidido dejarlo como recuerdo.

Empezó así:

- Mamá, que no es que lo diga yo, eh?  Es que es así…

-Va, cuéntalo ya -sin ninguna fe en que las palabrotas que sin duda iba a escuchar estuvieran justificadas, y sobre todo, en que fuera a hacerme gracia el chiste-

Esto es un hombre que entra en una cafetería, y le dice al camarer:

-Deme tres café.

-Si viene usted solo, ¿para quién son?

– Uno para mí, otro para tí y otro para tu puta madre.

Entonces el camarero le da una paliza. Al día siguiente vuelve al bar, con el brazo en cabestrillo y el ojo morado.

– Dame dos cafés, uno para mi y otro para tu puta madre, que a tí  te sientan fatal.

La cosa es que me reí. Vale, no es que el chico sea Eugenio, pero me reí con ganas.  Y bueno, el caso es que no hay que perder la fé, por si acaso.

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Yo voy a estar, ¿y tú?

4 Junio, 2009 · 6 comentarios

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Faemino y Cansado y la teoría de mesas

29 Mayo, 2009 · 3 comentarios

El miércoles, en lugar de ver la final de la Champion como haría cualquiera que no quiera parecer al día siguiente un marginado social, fuimos a ver a Faemino y Cansado a la Sala Galileo Galilei.  Un poco de humor nunca viene mal. De hecho siempre viene bien. Pero no era mi intención ni hablar de la genialidad de la pareja, ni tampoco a reventar alguno de sus sketches, sino de algo que me llamó la atención. Las mesas  (sí, ya sé que pueda sonar raro, pero es que está escribiendo una persona que no vio la final de la Champion, ya lo avisé desde el principio).

Cuando uno va a comprar las entradas puede elegir entre de pie o sentado. Y si es sentado, como el aforo no es muy grande, a veces toca mesa compartida. Ese no fue nuestro caso, que aún comprando entradas el día de la final tuvimos que conformarnos con una mesa en la parte de arriba, segunda fila. Pero por estar en la segunda fila, veíamos mejor lo que ocurría en la primera que en el escenario.

En una mesa de cuatro se sentó una pareja. Se trataba de una mesa compartida. Parece que el concepto es claro, pero sin embargo hasta los conceptos claros son susceptibles de ser interpretados. Y si no, no hay más que seguir leyendo.

Cuando llegó otra pareja a la mesa diciendo “creo que compartimos mesa”, los que ya estaban sentados les preguntaron cómo preferían el reparto de los sitios. Nosotros habíamos pensado sentarnos uno junto a otro y no uno frente a otro, para que así al menos un miembro de cada pareja tenga visibilidad directa al escenario. Perfecto, como prefiráis.
Interpretación: compartir una mesa significa que todos los usuarios comparten derechos y obligaciones, y las decisiones son tomadas por consenso y de la forma más justa posible para todos los integrantes.

En otra mesa de cuatro, justo al lado de la anterior, también había sentada una pareja. Se habían sentado uno frente a otro, ocupando los dos sitios con vista directa al escenario.
De pronto llegó la otra pareja “buenas noches, creo que compartimos mesa”. Uno de los que estaban ya sentados emitió un gruñido y continuó mirando al escenario aún vacío, como para evitar así cualquier riesgo de conversación o contacto directo. La pareja recién llegada ocupó los asientos que quedaron libres.
Interpretación: compartir una mesa significa sentarse en el mismo lugar que otras personas. El que primero llega decide dónde, que para eso se ha esforzado en llegar pronto. El que llega después se conforma con lo que queda.

Me habría gustado poder observar más interpretaciones. Porque aunque parece que no, seguro que hay tantas como usuarios de mesa. Y después me pregunto qué interpretación le habría dado yo al concepto “compartir mesa”. Porque así, a toro pasado, lo fácil es decir sin duda que la primera, que queda mejor, como muy rollo cívico y solidario. Pero eso no es más que lo que hubiera deseado interpretar. Lo que hubiera interpretado no lo sabré hasta que no me encuentre en situación. Porque al final, primera interpretación, segunda, tercera y las que hubiera, son todas humanas.

Y bueno, pensándolo mejor, no voy a reventar un sketch, lo voy a fusilar. Este lo contaron el otro día y además está grabado en la sala Galileo Galilei. Y sí,  tendré cuidado, no vaya ser que se entere Ramoncín y me de un cabezazo…

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Bajo todas las miradas

27 Mayo, 2009 · 2 comentarios

Caminaba aprisa, cabizbajo. Para escapar de la lluvia. Porque no era fácil ir a trabajar. Del despacho y la secretaria a la mesa común y los auriculares. Del coche y la plaza de aparcamiento al metro y los empujones. Se sentía observado cuando entraba en la oficina, fiel a su traje de chaqueta, a la corbata, rodeado por aquellos chicos jóvenes en vaqueros que se sentaban junto a él. Se sentía observado cuando se acercaba a la máquina de café, ajeno a los corrillos. Se sentía observado cuando se sentaba solo a comer. Como si la soledad atrajera todas las miradas.

Sin duda la soledad las atraía, como también la aparatosa caída que sufrió sin duda por tener su cabeza inmersa en tales pensamientos y no prestando atención a las escaleras del suburbano, todas mojadas.

Llegó a trompicones hasta el siguiente rellano, golpeándose las rodillas, las caderas y el trasero por turnos, con cada uno de los escalones. Volvió a sentir de nuevo las miradas sobre él. Sabía que nadie se acercaría a preguntar. Después de todo se movía, no estaba muerto. Como si muerto le fuera a servir de algo que alguien le tendiera la mano para ayudarle a volver a su posición original, la de un bípedo. Sabía que nadie se acercaría pero echó de menos esa mano. Y maldijo su sobrepeso. Si no se sintiera tan dolorido aún tendría sitio para la vergüenza. De hecho comenzó a hacerse una imagen mental de su estado, y se imaginó panza arriba, con la camisa por fuera, algún botón saltado, intentado torpemente ponerse en pie, y eso que no había visto todavía la americana rota por la sisa. Pero el dolor le ayudó a borrar rápidamente de la cabeza su propia imagen.

-          ¿Puede ayudarme, por favor?

Pensó que el golpe le había jugado una mala pasada, que también su cabeza había sufrido, y que de pronto en un ataque de vulnerabilidad se había atrevido a pronunciar en voz alta su necesidad de auxilio. Pero por qué lo escuchaba con voz de mujer.

-          Le estoy pidiendo ayuda, ¿no piensa echarme una mano? ¡Por favor!

Definitivamente no era él. Dirigió su cabeza al lugar de donde provenía esa voz.

-          ¿Se ha quedado tonto con el golpe? ¿Se le ha roto el tímpano tal vez?

-          ¿Perdona? ¿Es a mí?

-          Sí, claro, ¡a quién va a ser! ¿me va a ayudar sí o no?

-          ¿Qué te pasa?

-          ¡Me han robado! Me han robado el bolso, con mis apuntes, mi cartera, mi móvil, mi abono transportes. Con todo. Hoy, precisamente hoy, que tengo el primer examen de la oposición. ¿Usted en qué trabaja?

-          Bueno, es largo explicar…

-          ¿En qué trabaja?

-          Ahora mismo en un call center, pero…

-          Cómo va a saber lo que es preparar una oposición. Tres años, se dice fácil. Tres años encerrada, sin salir con nadie, para intentar mejorar, porque mi madre trabaja de asistenta, y mi padre es reponedor. Y yo he hecho mi carrera, he estado tres años sin ver la luz del sol estudiando, encerrada como una rata, se puede decir que casi toda mi vida la he dedicado a este día. Y no me mire con esa cara, que yo no he ido a un botellón, yo he trabajado para pagarme los estudios, yo he hecho lo que tenía que hacer. Yo he sido una buena hija. Pero llega el gran día y no me puede pasar lo que al resto de la gente, que se levanta con una crisis de ansiedad, un ataque de nervios, una descomposición. A mí me tienen que robar el bolso a mitad de camino, y tengo que sufrir la puta crisis nerviosa por un robo, joder, y no por la oposición por la que llevo luchando tres putos años.

En ese momento el hombre ya había conseguido levantarse y miraba incrédulo a una joven delgada vestida con vaqueros y una camiseta roja, que bien podría haber sido una de esas compañeras de su trabajo, y que a estas alturas tenía el rostro bañado en lágrimas.

-          ¿Quieres que te deje llamar a alguien?

-          ¿A quién? ¡No puedo! Mi móvil estaba en el bolso, y con el móvil la agenda. El único número de teléfono que me sé es el fijo de mi casa, y ahora no hay nadie. Yo es que no puedo emplear memoria para datos inútiles, yo no puedo perder esfuerzos en memorizar números de teléfono. Y ahora no tengo a nadie.

-          ¿Quieres dinero entonces? ¿Para el metro?

-          ¿Para qué? ¿Para ir así al examen? Histérica, llorando, sin tener siquiera mi DNI para poder presentarme, sin nada. Yo así no puedo hacer nada. Yo necesito que me acompañe. Que me acompañe hasta comisaría, que me acompañe a poner una denuncia, que apoye mi declaración, que me ayude a que me den una solución para poder identificarme en el examen, que es dentro de dos horas. Sólo es eso, por favor, sólo es eso. Yo sola no puedo. Hoy era mi día, por favor, no puedo perder esta oportunidad, joder, llevo media vida dedicada a este día

-          Pero es que yo tengo que ir a trabajar.

-          ¿Cómo? ¿Así? ¿Con el traje sucio, el cuerpo dolorido, con la camisa sin dos botones enseñando barriga, con ese siete en la sisa? ¿Es que usted no le tiene aprecio a su trabajo? ¿Es que usted no sabe lo difíciles que están las cosas? Si yo fuera usted llamaría, daría parte de lo sucedido, que además se considera accidente laboral, y al menos en el día de hoy no pasaría por allí. Y quizás después de acompañarme podría ir al médico, por si se ha roto algo.

Pensó por un momento que esa chica estaba loca. Pensó por un momento en que todos esos razonamientos que le escupía sin darle aliento no le permitían tomar decisiones que no fueran las que le venían impuestas. Miró de nuevo el rostro de aquella joven, desencajado por la angustia, y todas esas lágrimas, toda esa indefensión. Y decidió que la acompañaría a una comisaría. Pero lo decidió muy firmemente, como si así pudiera convencerse de que estaba siguiendo los pasos que su propia voluntad, sin duda en exceso caritativa, le dictaba, y no la de aquella joven.

-          Vamos, deprisa, tenemos que coger un taxi, y a estas horas no será fácil.

Corrieron bajo la lluvia hasta que divisaron una luz verde, miraron la hora cada vez que el semáforo se abría y la masa de hierros continuaba pegada al asfalto, se saltaron todas las colas dentro de la comisaría. La joven puso la denuncia entre llantos callados que se hicieron sonoros e incontrolados ante la negativa de facilitarle otro documento acreditativo de identificación diferente a la propia denuncia.

En la calle el llanto no cesó.

-          No podré hacer ese examen.

-          Oye, no te puedes plantar ahora. Inténtalo. Y deja de llorar, que nos está mirando todo el mundo.

-          No nos mira nadie. Y en todo caso me mirarán a mí. Pero nadie mira. Nadie mira porque a nadie le importa que yo haga o no ese maldito examen, ni que lo apruebe o lo suspenda.

-          ¿Qué tengo que hacer para que te rías? ¿Que baile claqué? ¿que baile en la acera mojada con un siete en la sisa y la camisa sin botones por fuera? ¿Así? I’m singing in the rain, ¿así?

Y él bailó. Con un siete en la sisa. Con la camisa sin botones. Con los pelos de su barriga. I’m singing in the rain. Claqué, o algo que se le parecía. Y ella se rió. Y nadie les miró. Y la chica dejó de llorar, porque eran inútiles las lágrimas con tanta lluvia. Y corrieron de nuevo, y cogieron otro taxi. Y llegaron al centro de exámenes.

-          Bueno, pues aquí nos despedimos. Que tengas mucha suerte. Te daría mi número de teléfono, para que me llames cuando te digan que has aprobado, pero ahora necesitas todas tus neuronas en ese examen.

-          ¿Y por qué no me esperas? Tampoco tienes nada mejor que hacer. Después te invito a algo. Pero pagas tú.

Y se sentó solo a esperar. Pero sólo porque él lo había decidido. Aunque cada vez tenía menos interés en tener la certeza de conocer de quién era la voluntad que guiaba sus pasos aquel día.

Y al cabo de dos o tres horas la vio salir con el jersey rojo y con una sonrisa. Y se sentaron en una cafetería de ambiente espeso y olor a churros. Y tomaron café, aunque fuera la hora de comer. Tampoco era cuestión de hacer mucho gasto, invitaba ella.

-          ¿Te puedo hacer una pregunta?

-          Claro, pero que sea fácil, ya lo he dado todo en ese examen.

-          ¿Por qué me pediste ayuda precisamente a mí?

-          Porque estabas solo.

Por cierto, ¿qué tal van las contusiones?

No había vuelto a pensar en eso. Al volver a tomar conciencia sintió dolor en las costillas, el muslo y la cadera.

-          Bien, ya no me duele nada.

-          Bueno, pues ya me he terminado el café. Creo que ya está bien. Ahora me voy a ir a casa. A descansar, que me lo he merecido.

-          Mucha suerte con todo. ¿Necesitas dinero para la vuelta?

-          No. No necesito dinero. No necesitaba dinero. Mucha suerte para ti también.

Al llegar a la puerta se giró.

-          ¿Es que no me piensas dar las gracias?

Y dicho esto continuó su camino y la perdió de vista. Confuso, pagó los dos cafés. Gracias.

Al salir a la calle se quitó la americana y la tiró a una papelera. Y no necesitó agachar la cabeza para protegerse de la lluvia. Porque ya no le molestaba. Y se dirigió a su casa. Bailando.

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Orquídeas

24 Mayo, 2009 · 4 comentarios

No sé por qué un día, hace unos meses, me entró una vena verde. Y a mí, que la historia de las plantas siempre me ha resultado indiferente, me entró el instinto vegetal y sentí la necesidad de hacerme cargo, y cuidar, y llenar mi casa de ellas.

Y como es natural, una reconoce su ignorancia y su falta de savoir faire, y comienza comprando variedades sencillitas. Esos palitos verdes largos que metes en un vaso con agua que con cambiar un par de veces al año es suficiente y que no mueren nunca… por ejemplo. Bueno, pues con ellos comencé con mi aprendizaje: sí, sí mueren.

Tras este fracaso no me amilané, y compré más palos  y además unas plantitas para la cocina. ¿Cuáles quiere? No sé, deme unas que sean resistentes, que aguanten calor y frío, que no necesiten mucha luz, que no sean muy delicadas.  De modo que me dio unas de las etiquetadas para torpes. Pero también se me murieron. Volví a repetir, y compré otras tres. Sobrevivió una.

Nilda, la mujer que cuida de los niños por las tardes me debió ver tan desesperada que un me trajo unos esquejes de una variedad de un cactus me dejó  ya plantaditos. También murieron.

Así reforzada por mis éxistos me crecí, y decidí aventurarme con una especie delicada; compré una orquídea. Fue a principios de abril. Pero contra todo pronóstico no está muerta. No sólo no ha perdido las flores que traía, no sólo se abrieron todas las que venían de camino, sino que están saliendo nuevos brotes. Está espectacular, pletórica. Es feliz. A pesar de recibir de vez en cuando algún balonazo que otro. Pero es feliz.

Y no deja de resultarme paradójico que haya fracasado con especies normales, fáciles de cuidar y mantener, y que, sin embargo, haya sido capaz de hacer feliz a una especie rara, sensible y delicada.

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Y de verdad siento el exceso de fotos, pero es tan bonita… Sin duda lleva consigo el encanto de lo difícil.

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Un barrio

22 Mayo, 2009 · 1 comentario

Esta tarde ha ocurrido algo insólito. Algo que en casi ocho años no me había pasado. He dejado de vivir en Madrid.

Y ha sido esta misma tarde, cuando después de una sesión de parque hemos decidido sentarnos a tomar algo en una terraza. Y estando allí sentados, como si fuera lo más normal del mundo en una ciudad donde para ver a un amigo hay que llamar, buscar un vacío en la agenda, utilizar varios medios de transporte público, e invertir cuatro o cinco horas, ha aparecido mi amiga Reichel, hombre hola, me tomo una con vosotros. Y así, sin grandes aspavientos y como si aquello fuera lo más normal del mundo, hemos estado charlando, comiendo croquetas, bravas y cañas.

Pero de pronto ha aparecido mi hermana con un amigo, y se han sentado también. Así, como si fuera lo más normal del mundo. Con las croquetas y las bravas. Y las cañas y el tinto de verano.

Así que con esos encuentros casuales, debidos quizás a la casualidad, quizás al calor del verano, quizás a una tarde con magia, vividos con naturalidad, como lo más normal del mundo, de pronto he perdido la conciencia de ser ciudad para convertirme en barrio.

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